jueves, 23 de abril de 2015

Combate aéreo sobre Peguerinos. 29 de octubre de 1936



El dia 28 de octubre de 1936 por la tarde, creímos haber terminado el último servicio de los frentes de Madrid. Los cuatro Breguet que nos quedaban, con doble tripulación de metralladores bombarderos, y algún que otro piloto de más, el Estado Mayor decidió por orden del Ministerio de Defensa no volver a salir, en tanto no se destinara el personal que quedaba, a los nuevos aviones que estaban llegando de la URSS, por que en los frentes de Madrid, se hacia insostenible con el material que teníamos.La calma no duró mucho tiempo. Al día siguiente, 29 de octubre, cuando nosencontrábamos comiendo en el Hotel de Alcalá de Henares, se presentó un ordenanza, diciendo que nos llamaban con urgencia en el Campo. Subimos todos con premura al ómnibus que teníamos en la puerta del Hotel dejando la comida en la mesa ante aquella enigmática llamada, y cuan no fue nuestra
sorpresa a la llegada, al saber que teníamos que seguir jugándonos el ' 'físico'', pero en aquel caso, con carácter definitivo, sin esperanzas de poder volver. La orden era tajante. Por orden del Ministro de Defensa, que era Prieto, teníamos que salir sacrificando los cuatro aviones que quedaban y cuatro tripulaciones. La columna del Comandante RUBIO estaba cercada por los rebeldes en el frente de Peguerinos. Por medio de los altavoces de los frentes el enemigo los "vucheaba" toscamente, asegurándoles que la aviación de los
"rojos" no aparecía por que se había terminado.


…Preparamos para la salida; nos pasamos las consignas y nada de prisioneros. Cargamos nuestras pistolas con balas explosivas y nos fuimos decididos a vender caras nuestra vidas.
Éramos cuatro Breguet XIX. El nuestro era el último a la izquierda. Alvarito de piloto y yo de ametrallador bombardero. La misión no era otra que la de levantar la moral de los compañeros allí cercados en Peguerinos, costara lo que costara, cosa que se consiguió, según decía al dia siguiente "EL HERALDO DE MADRID" en su primera página, como puede verse en el archivo. No tardó mucho tiempo en presentarse la ocasión. Cuando estábamos colimando las posiciones para hacer el bombardeo, un grupo de seis Fiat CR 32 aparecieron en el horizonte. Hicimos el bombardeo con premura, cosa lógica, para podernos preparar ante el combate que se nos avecinaba sin ninguna posibilidad de éxito. El Jefe de nuestra patrulla giró rápidamente a la derecha con los dos Breguet que le seguían en un picado vertiginoso. Nosotros lo hicimos a la izquierda descendiendo también, para evitar un ataque por debajo, lo que obligó a nuestros atacantes, dividir el grupo en dos patrullas de a tres.
Alvarito no cesaba de gritar, exhortándome a que continuara disparando, más yo no podia por lo peligroso que hubiera sido, el ponerme en aquellas condiciones a cambiar de tambor, y cuando le dije que no tenía munición, dio un palancazo y nos metimos de cabeza hacia el suelo, arrancándome la máquina de la torreta y cayendo al suelo. A partir de aquel momento empezó la odisea. Los dos cazas nos atacaban al mismo tiempo perdiendo el alto grado de indoneidad y prudencia que habían tenido hasta ese momento. Las balas nos pasaban por todas partes; el radiador del aceite nos lo habían perforado, y yo iba bañado en aceite, las gafas se me habían roto, y sin cesar de llamar a Alvarito; pero éste no contestaba. Pensando que estaría muerto en la cabina, me lancé al espacio con el paracaidas sin saber donde me encontraba. Cuando me di cuenta, tenía otra vez los dos Fiat encima con intenciones de atacarme, cosa que hicieron sin ningún escrúpulo. Cuando miré de nuevo, a donde se dirigían los cazas, vi con alegría como nuestro Breguet volaba normalmente, bajo y en dirección a nuestro campo, pero pronto el tedio abrumador del momento me hizo volver a la realidad. No sabía donde me encontraba. Pendido del
paracaidas, sólo un silencio sombrío lleno de malos presagios me acompañaban al descenso.
De pronto, al encontrarme en tierra y ante las dudas de estar en terreno enemigo, decidí abandonar el paracaidas y tratar de orientarme con el firme deseo de no parar hasta conseguir incorporarme a la Escuadrilla. Apenas había empezado a desprenderme de los atalages, los dos Fiat de regreso, empezaron a ametrallar el lugar donde me encontraba. Ante aquella embarazosa situación, me tiré al río en cuya ladera me encontraba, y agarrándome a las mismas zarzas para avanzar hacia el puente que tenía a pocos metros, pude llegar a guarecerme bajo el mismo. Unas mujeres que estaban refugiadas en aquel mismo lugar, me informaron estar en El Escorial Al sentirme liberado de aquella pesadilla y sacando fuerzas de flaqueza, decidí salir del puente acompañado de aquellas mujeres que en todo momento trataron de ayudarme. Yo estaba hecho polvo después de aquel ajetreo, pero cuan grande no fue mi sorpresa, cuando al salir, un grupo de milicianos me daban el alto, a la vez que me ponían los cañones de sus fusiles en las narices.
De momento, pensé que aquellas buenas señoras me habían engañado, y que me encontraba en manos de los falangistas, hasta que me di cuenta que eran de la C.N.T. por los pañuelos que llevaban al cuello. Aquello me tranquilizó pensando que al saber quien era, la cosa no tendría más importancia que la de un simple mal entendido; pero no fue asi. Ni mí documentación, ni mis palabras, ni los gritos de aquellas mujeres, pudieron
convencerles. Según ellos, yo era el piloto de la avioneta fascista que había caído en el combate. Lleno de perplejidad y angustia, discutía con aquellos hombres sin poderles convencer, mientras me colocaban al pie del puente y los demás se empecinaban al otro lado del río para ejecutarme. Dos milicianos me sostenían de los brazos, a la vez que gritaban las mujeres protestando y colocándose delante de mi, frente al piquete, hasta que se vieron obligadas a ponerse a un lado, bajo la amenaza de tirar sobre ellas sin contemplación. El griterío de aquellas señoras y las voces de los milicianos que no cesaban de pedirles esperaran por que todos querían tirar, complicaba cada vez más la
formación del grupo de milicianos que cada instante iba siendo mayor, por que no cesaban de llegar. Cuando todo estaba listo, al parecer, se oyeron voces que daban orden de ¡alto!, ¡alto!, ¡alto!, repetían sin cesar. Todos miraron para atrás, y como si hubiera caído del cielo apareció un Capitán Médico uniformado, que había seguido la caída del paracaidas, imponiéndose enérgicamente a que se hiciera aquella ejecución ilegal. Aunque con grandes dificultades, el Capitán logró llevarme hasta la Comandancia Militar del Escorial, con todos aquellos milicianos que no paraban de musitar protestas y frases obscenas de indolencia remarcada. Mientras en el Escorial estaba pasando esta odisea dramática por exceso de celo en un servicio soez, sin ninguna similitud al que nosotros los militares
estábamos acostumbrados a realizar, en el Aeródromo de Alcalá de Henares se estaba dando un caso que por su colorido es digno de explicar, ya que podia decirse, que era el estribillo del "saínete" que había representado aquél último servicio, en el que sólo los BREGUET XIX del frente de Madrid, fueron los protagonistas.
Al tomar tierra Alvarito, en Alcalá de Henares, todos los mecánicos acudieron con premura, al notar la falta del ametrallador bombardero en su cabina. Sus temores aumentaron al ver que en un trozo del proyector del paracaidas, se encontraba enganchado en la torreta del Breguet, cosa que Alvarito aún no había advertido. Alvarito se encontraba de pie junto al avión, tratando de colocar con manos trémulas las gafas sobre su frente, cuando los mecánicos le hacían saber que yo no estaba en la cabina. Mientras que Alvarito, casi sollozando les respondía que tal vez me podia haber estrellado por ahí, los mecánicos miraban fijamente a los ojos de su compañero atónitos de lo que estaban viendo. La extrañeza de sus miradas hizo preguntar Alvarito lo que les pasaban, a lo que hubo quién le dijo, que se había quedado bizco del susto. Aquella sincera y sentimental manifestación,
pareció mal interpretada por nuestro compañero Alvarito, quien después de su tragedia, lo tomó como broma burlona de mal gusto, amenazando con dar un tiro a quienes trataran de burlarse de aquel modo. Efectivamente, Alvarito se encontraba bizco. Con la precipitación con que se preparó la salida de aquel servicio, éste tomó por error las gafas de otro
compañero que tenia un defecto visual y, éstas le transformaron el ángulo visual durante el tiempo que las tuvo puestas.
Asi terminó la Historia de aquel último servicio de los BREGUET XIX, en los frentes de Madrid el 29 de octubre de 1936, en el que murieron la mayoría de los ametralladores bombarderos de mi curso durante la defensa de Madrid, así como muchos de los pilotos antiguos que la empezaron, encontrando Alvarito la muerte algunos meses después al incendiarse los dos aviones que rodaban sobre la pista al chocar con el del siempre recordado igualmente compañero Naranjo, sin que nadie pudiera socorrerles en aquel horroroso y siniestro destino.
¡QUE DESCANSEN EN PAZ!


José Ramos Miraut





Extracto del artículo:  Reminiscencia de un pasado. Último Servicio del Breguet XIX en los Frentes de Madrid.  Del ametrallador de la aviación de la República  José Ramos Miraut. Publicado en la revista “Alas Gloriosas. Boletín informativo Nº20 de la Asociación de Aviadores de la República. A.D.A.R”. Marzo-Abril 1982