martes, 5 de mayo de 2015

Fernando de Rosa Lenccini, socialista y revolucionario italiano. Biografía. : España; Revolución 1934; Del 18 de Julio; batalla de Peguerinos el 30 de Agosto; día de su muerte el 16 de Septiembre de 1936; Frente de Peguerinos.(2ª parte)

Fernando de Rosa Lenccini, el revolucionario socialista italiano que había sido condenado por el intento de atentado contra el príncipe Humberto de Piamonte,  tras su salida de prisión en 1932  decide exiliarse en la recién nacida Segunda  República española. En Octubre de 1934 Fernando de Rosa participa activamente en el movimiento revolucionario contra el gobierno derechista de Lerroux . Los revolucionarios se oponen a  la entrada en el mismo de elementos pronazis de la  CEDA, triunfan brevemente en Asturias . Fernando estando en Madrid participa junto al teniente de la Guardia Civil y militante socialista también , Condís, en el intento de tomar el Parque Móvil de dicho cuerpo en la Calle Bravo Murillo, siendo detenidos y condenados por ello en Consejo de Guerra. De su vida durante este periodo la mejor fuente es sin duda el testimonio de su amigo y correlegionario de las Juventudes Socialistas y compañero de Batallón de milicias Octubre, Manuel Tagüeña de cuyo libro TESTIMONIO DE DOS GUERRAS”  editado en  1978 , publicamos los dedicados a la figura de Fernando de Rosa:

"  Poco a poco fui subiendo de categoría en las milicias socialis-tas y junto con Coello y Ordóñez, entré en el grupo de confianza que rodeaba a Fernando de Rosa, socialista italiano, jefe militar de las milicias. De él sólo sabíamos entonces, que había partici-pado en un fallido atentado al príncipe Humberto de Saboya, en Bélgica, en el año 1929.
Hablaba el español con fuerte acento, y tenía un gesto adusto, detrás del cual se escondía, como supe mucho después, al conocerle mejor, un idealista sentimental. Con Fernando de Rosa participé en una descabellada aventura que terminó bastante mal, pero que pudo haber sido peor. Un domingo por la noche, salimos en tres taxis hacia Valladolid. Se trataba de apoderarse de un depósito de armas de los falangistas, que según informes, estaba en una finca, cerca de la ciudad. Alguien nos iba a esperar de madrugada en un puente de un camino secundario y nos conduciría al objetivo. El primer error fue que no contamos con que a esa hora volvían de la Sierra de Guadarrama millares de autos con familias que habían pasado allí el fin de semana. Por este motivo nuestros coches tuvieron que ir muy despacio. Luego el auto en que iba Fernando de Rosa no marchaba bien, lo cambió por el mío, pero volvimos a perder más tiempo. Llegamos a Valladolid bastante tarde, sobre todo yo, porque mi nuevo vehículo había seguido fallando. En el lugar  de la cita nos dijeron que el asunto se había aplazado, que duran-te el día hiciéramos lo que quisiéramos y que volviéramos al mismo lugar a la noche siguiente. Yo era el jefe de mi taxi. Conmigo venían dos panaderos de Artes Blancas, además del chofer. Escondimos bien las pistolas detrás de los asientos y en una desviación paramos el auto  y dormimos a pierna suelta. Uno de los que venían conmigo se empeñaba en ir a su pueblo, que no estaba lejos, pero me negué a ello, no íbamos a ir pregonando nuestra presencia en sitios donde podían reconocernos. Entramos a comer a Valladolid y seguimos deambulando hasta que el sol se puso y se acercaba la hora de actuar. Tratamos de llegar en punto; ni antes ni después de la hora marcada. Sacamos las pistolas de sus escondites para estar preparados. Cuando nos acercamos vimos que los otros dos taxis habían dado ya la vuelta
Y tenían los faros encendidos. José Laín me gritó que estaba la Guardia Civil y que tenía que dar la vuelta para escapar. Los dos coches arrancaron a toda velocidad. No sé como mi auto no fue a parar a la cuneta al dar la vuelta en el camino. Pero todo salió bien. Yo me bajé pistola en mano por si alguien se acercara, pero en aquel momento nadie lo intentó y a toda velocidad salimos hacia Madrid. Si entonces se para el motor hubiera sido nuestro fin; pero funcionó perfectamente y en relativamente poco tiempo, llegamos a la capital y al Sindicato de Artes Blancas, en la Casa del Pueblo, donde entregamos las armas al secretario Rafael Henche de la Plata. Allí nos enteramos que al llegar los dos primeros taxis al lugar señalado, Carlos Menéndez se bajó a explorar y cayó en una emboscada de la Guardia Civil, que de alguna forma se había enterado de todas nuestras idas y
venidas de la noche anterior. Sin embargo, no se decidieron a disparar contra nosotros que debíamos ofrecer un blanco perfecto, cuando los coches encendieron las luces para virar. Parece ser que al poco rato llegó de Valladolid una camioneta de guardias de asalto, que mandaron en nuestra persecución, pero que no consiguió darnos alcance. Carlos Menéndez fue acusado de tenencia ilícita de armas e ingresó en la cárcel, pero a los abogados socialistas no les fue dificil conseguir su libertad a las pocas semanas.
El sábado 8 de septiembre de 1934, la UGT declaró una huelga general en Madrid, con motivo de la concentración de terratenientes catalanes del Instituto Agrícola de San Isidro, que protestaban ante el gobierno central por la Ley de Cultivos de la Generalidad ,favorable para los rabassaires, arrendatarios de sus campos. Ese día, las milicias socialistas movilizaron a todos sus miembros para llevar a cabo pequeñas acciones callejeras. Fernando de Rosa me dio el mando de una compañía de milicias, en total diez escuadras de diez hombres, más una escuadra de mando. La mayoría de los milicianos eran socialistas de edad media, aunque también había jóvenes. Mis proyectos de entrar a trabajar en la Fundación Rockefeller seguían en pie; pero en aquel agitado mes de septiembre, ante la revolución que se aproximaba, decidí ocupar mi puesto dentro de las milicias socialistas, dejando todo lo demás para mejor ocasión. De esta forma se con-sumaba mi separación de los comunistas, aunque éstos, al fin, acordaron ingresar en las Alianzas Obreras organizadas por Largo Caballero. Los preparativos de la insurrección exigían, en primer lugar, disponer de armas. Para ello, los socialistas adquirieron un depósito propiedad de revolucionarios portugueses, que venían trasladándolo de un lado a otro sin encontrar oportunidad de utilizarlo. El gobierno descubrió parte del alijo en Asturias, cuando se desembarcaba del barco "Turquesa", Y declaró el estado de alarma en todo el país. Este tropiezo pudo desarticular la organización de las milicias en Madrid, porque muchos que guardaban armas, al temer ser descubiertos, pedían que las cambiáramos de lugar. Comenzaron los bultos a danzar de un lado a otro, con peligro para todos los que participábamos en el transporte. Fueron unos días de febril actividad para esconder el armamento, ya que el pánico se había extendido y pocos querían colaborar. … Estaba claro, aun para los más optimistas, que habíamos sido vencidos en toda España. Debíamos afrontar las consecuencias. Los jueces empezaban a tomar declaración a los detenidos, que por miles colmaban las cárceles. Al principio, no se nos ocurrió más que debíamos decir la verdad. Cuando con este espíritu Si-marro, Loma y yo, íbamos a entrar a declarar ante nuestro juez, salió Carlos Merino y nos aconsejó no decir nada que insinuase haber estado siquiera cerca del Círculo Socialista de la Prosperidad, y que sólo reconociéramos haber sido arrestados en una calle céntrica de Madrid, cuando paseábamos pacíficamente. Seguimos su consejo y aunque nuestras narraciones resultaron poco convincentes, el funcionario las anotó sin prestarnos ninguna atención, con lo que quedábamos, de momento, eximidos de toda responsabilidad judicial. La policía desbordada por los acontecimientos, no estaba en condiciones de investigar ni a una mínima parte de los presos. Un par de días más tarde, reclamados por los socialistas, nos trasladaron a la galería de presos políticos. En la entrada me esperaba Ordóñez, al que no veía desde que lo detuvieron en la Ciudad Universitaria. Las celdas eran grandes y limpias, y aunque seguíamos durmiendo en el suelo, bastante amontonados, nos parecía un hotel de lujo en comparación con la quinta galería. Cada partido político u organización sindical, tenía reservada una parte. En el piso de los socialistas, nos encontrábamos gran parte de la plana mayor de las milicias. Estaba Largo Caballero, que no había querido eludir la detención, y Fernando de Rosa, que se había entregado a las pocas horas de que su enlace, Leo Menéndez, fue arrestada. Fernando quería hacerse responsable de todo, creyendo que así nos ayudaba a sus subalternos. Pensaba sin duda en una policía y unos jueces más eficientes y en normas caballerescas ya largo tiempo olvidadas. La mayoría de los detenidos íbamos a escurrirnos entre las mallas de la ley y muy pronto seríamos puestos en libertad. En cambio, a los que la justicia comprometía, a veces arbitrariamente, les esperaba una larga condena. Entreteníamos nuestro ocio forzado, con una interminable discusión acerca de las causas de nuestro fracaso. Todas las cárceles de España estaban llenas.





...Al ser amnistiado, Fernando de Rosa volvió a hacerse cargo de la dirección de las milicias de la Juventud Socialista. Regresaron del extranjero todos los declarados en rebeldía como Laíil, Marcos, Coello y otros. El primero de abril, se llegó oficialmente a la fusión de las organizaciones juveniles socialistas y comunistas, a pesar de que había muchos rozamientos. Claro que éstos no eran nada comparados a los que crecían dentro de los partidos del Frente Popular..."



Sábado 18 de julio 1936:
… Pronto el Círculo Socialista estuvo repleto, los fusiles comenzaron a repartirse en la calle, los hombres armados atravesaban la carretera de Segovia y se metían en la Casa de Campo. Entre los paisanos, comenzaron a verse algunos uniformes, la mayor parte de sargentos y suboficiales y algún oficial, entre los cuales estaba el teniente coronel Mangada. Llegó por allí Fernando de Rosa y comenzamos a buscar entre la muchedumbre a nuestros milicianos para agrupar a nuestras compañías…
… el lunes 20 de julio…Fernando de Rosa y muchos otros marcharon ante las noticias del asalto al Cuartel de la Montaña, a  mí  me ordenaron permanecer allí al frente de los pocos que no se habían desperdigado por propia voluntad, aburridos de la inacción. Claudín se quedó…
                                    






Temprano el martes 21 de julio ya estaba en pie… Hacia la Sierra de Guadarrama, habían salido en camiones una parte de los oficiales y soldados del Regimiento de Transmisiones de El Pardo; no se sublevaron el día antes, pero estaban en marcha para unirse a los rebeldes. Llevaban ya mucha ventaja y no les alcanzamos; pudieron cruzar el Alto del León y llegar a San Rafael donde se unieron con las unidades insurrectas que de Segovia y Valladolid iban hacia el puerto. …

Yo no podía todavía andar y les seguí con nuestro camión ya cargado de municiones y de víveres. Otra vez llegamos a Tablada, en todas las proximidades sonaba el combate, que no había amainado en todo el día, dejando ese olor a pólvora que todo lo llena y reseca la garganta. De repente llegaron gritando algunos de nuestros jóvenes. I Han matado al capitán González Gil y Fernando de Rosa está herido! Las compañías sin mando se habían desperdigado. Regresamos a Guadarrama para tratar de reunir a nuestros milicianos….Fernando de Rosa fue evacuado en una ambulancia a Madrid…

el 27 de Julio en Madrid Fernando de Rosa, cuya herida había resultado leve, estaba organizando batallones de milicias.…Los jóvenes socialistas fundaron el "Batallón Octubre No. l", el "Octubre No. ll",el"Largo Caballero" …Recibí -el nombramiento de capitán ayudante del BatallónOctubre No.11 cuyo jefe era Fernando de Rosa.

 …. Se nos incorporaron bastantes estudiantes de la FUE… el 1 de agosto por la tarde salimos en tren hacia El Escorial con nuestras tres primeras compañías. Allí desfilamos ante la admiración de los vecinos y luego en camiones, llegamos, ya en la madrugada del 2 de agosto, a Peguerinos y de allí a pie seguimos hacia la sierra que domina a San Rafael, en la región del paso que llamábamos la Gargantilla, en la retaguardia del enemigo que ocupaba el Alto del León.
Nuestros milicianos eran todos jóvenes socialistas Y en su mayoría ya formaban parte de nuestras milicias antes de empezar la guerra. Nos incorporamos a la columna del comandante Sabio. Había otras unidades, entre ellas un batallón de soldados de aviación, mandado por el teniente coronel Rubio. El mismo día descendíamos hacia San Rafael dejando atrás las estribaciones de Cueva Valiente. Sabio nos mandó cubrir el flanco izquierdo en dirección a  El Espinar, pero Fernando de Rosa y yo entramos con él en San Rafael, junto con un pequeño grupo de soldados. Desde luego es admirable la tranquilidad y el valor con que Sabio su pequeño grupo avanzó por entre las primeras villas y chalets de veraneantes que estaban en los linderos del pueblo. Todos estaban vacíos, ni enemigos ni población civil, no se veía a nadie. Pronto llegamos ya cerca de la carretera y en una casa aislada aparecieron tres falangistas vestidos de azul igual que nosotros, que fueron hechos prisioneros antes de que pudieran darse cuenta. Por una barranca llegaba en nuestra ayuda una compañía de soldados de aviación, pero antes de desplegarse se desencadenó de repente la batalla. De todas partes nos caían los tiros encima aunque no veíamos a nuestros contrarios, pero éstos ocupaban sin duda la casa aislada y otras de las cercanías y habían visto cómo hicimos prisioneros a sus compañeros. Nosotros disparábamos al azar, pero la confusión era cada vez mayor. Fernando de Rosa y yo retrocedimos para buscar a nuestras compañías que protegían la dirección de El Espinar. Al llegar al lindero de San Rafael vimos al teniente coronel Rubio, al descubierto, montado en un caballo blanco, y detrás de una cerca a su compañía de ametralladoras, que comenzó a hacer fuego para proteger el repliegue, pues ya no se trataba de otra cosa. Siguió el estruendo del combate largo rato, las balas llegaban cada vez más densas y segaban las ramas de los pinos. Poco a Poco los soldados de aviación volvieron a remontar la ladera hacia Cueva Valiente, las otras unidades de la columna Sabio ni siquiera habían acabado de bajar y los únicos tiros que dispararon fueron los que sonaron en el fusilamiento de los tres falangistas prisioneros, que sus captores habían respetado y enviado a la retaguardia. Nosotros esperamos hasta el atardecer y fuimos también subiendo lentamente, antes de hundirnos en el bosque nos llegaron todavía algunas balas lejanas.

Ya en el crepúsculo, cruzamos la cañada, donde había sido hecha prisionera y fusilada unos días antes, una de las primeras milicianas llegadas de Madrid, Francisca Solano.
A un lado estaba su tumba. Cuando llegamos arriba, al campamento, ya no había nada que comer, toda la intendencia se había agotado y excepto los soldados de aviación y nosotros, los del Octubre No. 11, 

casi todo el resto de los milicianos había marchado hacia Peguerinos considerando que su deber ya estaba cumplido, aunque realmente no habían participado en el combate. El epílogo de aquel descabellado episodio, donde con un poco más de organización, de decisión y de mando, podíamos haber ocupado San Rafael y cortar la retirada al enemigo que ocupaba el Alto del León, lo supimos sólo algunos días después. En una nota escueta de un periódico del bando contrario, que llegó a nuestro poder, se indicaba que habían sido fusilados diez y ocho soldados de aviación hechos prisioneros aquel día. Se trataba con toda seguridad de algunos rezagados a los que el miedo impidió retroceder a tiempo, porque, con un poco de decisión todos hubieran podido escapar. De vuelta a Peguerinos encontré a Luis Tapia en la intendencia de Sabio y me ayudó a dotar a mi batallón de muchas cosas que faltaban. Luego conservando las posiciones en el flanco de la carretera San Rafael-Espinar, concentramos las fuerzas en un campamento que llamábamos de las Navazuelas, donde años después de la guerra iba a erigirse el monumento del Valle de los Caídos.
El día 5 de agosto con un guardia de asalto y unos pocos milicianos estuve de exploración en Cabeza Lijar, encontrando que tanto esta altura de 1,892 metros situada inmediatamente al sur del Alto del León, como la cuerda montañosa que allí se inicia en dirección a El Escorial estaba abandonada, nadie la ocupaba. La cosa resultaba inexplicable, pero era un hecho que los combates hacia Guadarrama seguían localizados a un lado y otro de la carretera y  nadie se ocupaba de maniobrar, la cautela era lo predominante en ambos lados. Hicimos prisionero a un falangista lleno de medallas y

de escapularios, no iba armado y probablemente había venido del frente de Guadarrama para caer en nuestras manos. Al día siguiente ocupamos sin incidentes Cabeza  Líjar. La primera noche en la cima pasamos un frío espantoso, no nos habían dejado subir las mantas, ya las tenia a lomos de varios mulos cuando Sabio me mandó descargarlas, tampoco nos dejaron encender fuego. Estuvimos todo el tiempo tiritando, buscando calor amontonados unos contra otros. Nuestra enfermera, Leo Menéndez, tuvo que atender

a muchos milicianos enfermos, algunos de gravedad. Con nosotros estaba el socialista italiano Pietro Nenni que había venido a visitar a su compatriota y correligionario Fernando de Rosa. Seguimos allí como una amenaza, pero no intentamos descender hacia el puerto; desde allí el enemigo no intentó desalojarnos. Nuestras ametralladoras batían la carretera y pronto la artillería enemiga nos bombardeó de continuo; emplazamos también nosotros una batería y
el duelo se hizo más equilibrado. El comandante Sabio fue trasladado a otro frente y con él marchó Luis Tapia. El mando de nuestra columna pasó al teniente coronel Rubio…

El 19 de Agosto nos despertó al amanecer la metralla de las granadas que estallaban muy arriba por encima de nuestro campamento. No nos hicieron casi ningún daño, todos nos pusimos 1 sobre las armas. Estaban atacando nuestras posiciones de la Gargantilla junto a Cueva Valiente, y pronto salieron varias compañías con Fernando de Rosa a la cabeza para socorrerlas. Como no había un frente continuo mientras subíamos por uno de los barrancos, una columna enemiga bajaba por otro, llegaba a las Navazuelas, cruzaba unos disparos y retrocedía de nuevo sin de-tenerse para volver a San Rafael. Varias horas tardamos en enterarnos de que el enemigo había desaparecido sólo a la mañana siguiente nuestras fuerzas dejaron de tirotearse por  error unas a otras y volvimos a establecer nuestras posiciones, reforzándolas .En aquel combate, estuvo a punto de terminar mi carrera militar. Me había retrasado algo del grupo de socorro y de repente me encontré acompañado sólo de dos milicianos, en medio de mucha gente que subía monte arriba. Pasaban corriendo a mi lado sin mirarme ni contestar a mis preguntas y yo al principio no sabía quiénes eran, vestían igual que nosotros, con trajes azules de obrero y piezas de uniforme militar, pero algunos llevaban cascos y uno me dijo que eran de "la del 20".
Esto me indicó que eran enemigos. Nos parapetamos y empezamos a disparar, ninguno de los que huían nos contestó, ni volvieron siquiera la cabeza, sólo apretaron la marcha, tirando mochilas, fusiles, morteros y todo lo que les estorbaba. Si alguno de ellos hubiera
reparado en que sólo éramos tres hombres, hubieran dado fácil-mente cuenta de nosotros. …


Batalla de Peguerinos 


….El día 30 de agosto de nuevo nos despertaron las granadas de metralla sobre nuestras tiendas. Se iba a repetir sin duda la ofensiva del enemigo. Pero de las posiciones no llegaban noticias alarmantes, se resistían bien los ataques. De repente, el capitán Caballero, antiguo sargento jefe de una de nuestras compañías, que había sido herido y evacuado hacia Peguerinos, llegó espantado a campo traviesa: en el pueblo estaban fuerzas moras de Regulares, que conocía bien porque había estado en Africa. Por el terreno sin cubrir que había entre nuestra columna y la de Mangada en Navalperal de Pinares (casi 20 Km.) había entrado desde El Espinar una columna enemiga de unos 3,000hombres, con un tabor de Regulares cuya vanguardia llegó todavía temprano a Peguerinos. Tenían el camino abierto hacia El Escorial y podían fácilmente haber envuelto y destrozado todo nuestro frente de Guadarrama. Pero allí se detuvieron varias horas, perdiendo un tiempo precioso. En cambio, nosotros lo aprovechamos bien. Nuestras posiciones estaban intactas y las manteníamos. Nuestras reservas pronto cortaron los caminos a la retaguardia del enemigo infiltrado. Por otro lado, desde Guadarrama y desde Madrid llegaban en camiones a través de El Escorial centenares de milicianos de las unidades más diversas que comenzaron a atacar Peguerinos al mando del general Asensio. Al atardecer, cerrado el camino a El Escorial y amenazados detrás por nuestra columna, nuestros adversarios se desbandaron abandonando todo el material de guerra.  Durante la noche hicimos muchos prisioneros, la mayoría del tabor de Regulares, y al día siguiente recogimos un botín de casi treinta ametralladoras, muchos fusiles, morteros y toda clase deber trechos. Perdidos en los bosques iban rindiéndose más moros y soldados, pero la mayoría consiguió escapar. Nuestra columna estuvo casi un día aislada y los heridos los tuvimos que evacuar penosamente a través de las montañas hacia El Escorial, entre ellos al antiguo sargento, capitán VeIázquez y al capitán Caballero, pero por el simple hecho de haber permanecido en nuestro puesto, jugamos un papel importante en el fracaso de la incursión. En Peguerinos, el enemigo no encontró más que heridos en un hospital provisional en la iglesia, que fueron muertos a bayonetazos; un viejo corrió la misma suerte y unas mujeres fueron violadas. Los prisioneros que habíamos hecho nosotros y que enviamos en un par de camiones, fueron sacados de estos y fusilados al pasar por Peguerinos por los milicianos enardecidos. La guerra seguía siendo sin cuartel.


La columna enemiga había sido guiada por el antiguo secre-tario del ayuntamiento de Peguerinos, que había huido al empezar el movimiento militar. Conocía muy bien el terreno, pero no se atrevía a volver a El Espinar después de la catástrofe; por fin lo encontraron en el bosque y lo trajeron a nuestro campamento. Pronto sus paisanos corrieron la voz de su presencia y no fue linchado y partido en pedazos gracias a mis esfuerzos y los de mi gente, que no pretendíamos salvarle la vida, pero que no admitíamos torturas. Al fin, fue fusilado con un orden relativo. Me encontré ese día en mayor peligro que nunca lo estuve en el frente; todo era a mi alrededor gente histérica agitando armase incluso disparando.
Lo que más me irritaba era que la gran mayoría eran milicianos que habían llegado de refuerzo después del combate, en el que no participaron. Durante un par de semanas seguimos capturando enemigos. Un alférez enemigo, estuvo cerca de quince días debajo de una peña, sin comer, sin beber y sin intentar escapar, era ya un cadáver viviente cuando lo encontraron allí. Lo tratamos lo mejor posible, pero como la orden era de fusilar a todos los prisioneros, las atenciones que tuvimos con él y que nos agradeció, resultaban un tanto crueles. El último que cayó en nuestras manos fue un marroquí viejo, antiguo soldado del general Mangín en la batalla de Verdun. Ya estábamos hartos de derramar sangre, y conseguimos mandarlo a Madrid, quizás allí salvase su vida. Las unidades enemigas que habían atacado la Gargantilla, tuvieron muchos muertos que dejaron sobre el campo, entre ellos dos enfermeras que enterramos en el mismo sitio en que habían perecido. Nuestro batallón Octubre No. 11 seguía recibiendo muchos voluntarios y aparecían en el frente nuevas compañías, que pronto llegaron a 16.
Había una compañía de tranviarios de Madrid, gente de edad reposada y tranquila, pero la mayoría seguían siendo jóvenes socialistas no sólo de la capital, sino de   provincias. Especialmente habían llegado muchos de Alicante: de Petrel, Torrevieja y Elda. Los alicantinos eran unos maravillosos soldados …


Muerte de Fernando de Rosa 

.Fernando de Rosa tenía grandes dotes personales, había sido subteniente del ejército italiano y sabía hacerse respetar y querer de todos sus soldados. Bajo su mando en sólo mes y medio el batallón adquirió una organización tan estrictamente militar y un espíritu de cuerpo tan marcado, que sus milicianos nos sentíamos orgullosos de formar parte de nuestra unidad, a la que considerábamos superior a cualquiera otra. Este espíritu lo mantuvimos después durante toda la guerra en las otras unidades de las que formamos parte. Nuestros servicios estaban muy bien organizados, teníamos una bien provista compañía de transporte automóvil, con chóferes del sindicato de la UGT, y nuestras oficinas de Madrid nos surtían de todo lo necesario. Sin embargo, Fernando de Rosa se tenía que enfrentar con toda una serie de problemas, debido a los celos que despertaba en varios dirigentes de las Juventudes Socialistas. Sus intentos de formar una brigada juvenil fracasaron por ello. Había por lo menos dos grupos en pugna, enzarzados en una lucha enconada entre bastidores. Esta rivalidad le preocupaba mucho a Fernando, sobre todo por su calidad de extranjero. A su lado estaban sólo dos miembros de la comisión ejecutiva de las Juventudes Socialistas: José Laín, el primer comisario de nuestra columna y Federico Melchor que había defendido el 30 de agosto La Gargantilla. El otro grupo lo encabezaban Santiago Carrillo y José Cazorla y su unidad militar básica era el Batallón Octubre No. 1, que mandaba Etelvino Vega. Las fricciones eran evidentes en una serie de  detalles.        La dureza de la lucha se acentuaba  día adía…

…La amenaza que representaba para el Alto del León nuestra posición de Cabeza Líjar inquietaba al enemigo, sobre todo cuando sus líneas habían descendido casi hasta el pueblo de Guadarrama. Todos los días dicha altura era bombardeada con artillería, convirtiéndola en un infierno de metralla y de trozos de piedras arrancadas por las explosiones, siendo muy difícil abrir refugios para nuestra gente en la roca viva. Hacíamos frecuente relevos de la guarnición, pero teníamos muchas bajas.

El 15 de septiembre empezó un bombardeo excepcionalmente intenso de Cabeza Líjar, a la vez que caían granadas sobre el campamento de las Navazuelas y explotaban junto a las tiendas. Pronto se cortó el teléfono y con las reservas al mando de Fernando de Rosa subimos monte arriba rápidamente, y llegamos a La Salamanca, la cima inmediata a Cabeza Lijar. Sin embargo, ya era demasiado tarde; sobre las grandes rocas que teníamos enfrente, veíamos los uniformes claros de los moros que avanzaban hacia nosotros, pero pudimos desplegar nuestras fuerzas y emplazar dos ametralladoras que pararon al enemigo. Habíamos perdido la posición y los restos de sus defensores, muchos de ellos heridos, se unieron a nosotros. Una batería de obuses de montaña del 105 había sido también abandonada y los artilleros sólo tuvieron tiempo de traerse los cierres. El mismo día 15 empezamos a preparar el contraataque. Lo iban a realizar varias compañías de nuestro batallón, entre ellas una de alicantinos que eran magníficos soldados.  Al amanecer del día 16, comenzó nuestra ofensiva, tratando de atacar por sorpresa, ya que no teníamos artillería que nos protegiese; pronto vimos casi en la cima a Remedios, una alicantina luego ascendida a alférez, agitando una manta roja, pero fuimos rechazados con grandes bajas. Durante el día repetimos el ataque muchas veces, sin resultado, el enemigo estaba ya firmemente establecido. Sobre las cuatro de la tarde Fernando de Rosa se adelantó a animar con su presencia a nuestros combatientes. Cayó muerto de un balazo en la cabeza. Esa fue la señal de retirada y nuestros milicianos retrocedieron en desorden. Con grandes dificultades los fuimos deteniendo, tomé el mando del batallón y ayudado por una compañía de refresco de jóvenes ma-drileños mandada por Rafael Villasante, pude organizar la defensa de La Salamanca. Pronto se hizo de noche y renació la calma. Pasé la noche en la misma cima de la nueva posición rodeado de los alicantinos que quedaban vivos; no eran más de diez de toda la compañía, todos sus oficiales habían muerto, Remedios había sido también gravísimamente herida en la cabeza y evacuada a El Escorial. A la madrugada siguiente nos relevaron fuerzas que envió el teniente coronel Rubio. El día 17 de septiembre bajamos a nuestro  campamento con las unidades a mi mando. Las formé bajo los árboles y pasé a dar el parte al teniente coronel Rubio, que estaba impresionado y emocionado; eran pocos los que regresaban, nuestras pérdidas habían sido grandes. Nos saludó y con voz solemne mandó romper filas.




Entierro de Fernando de Rosa

Ese mismo día se efectuó en Madrid el entierro de Fernando de Rosa. Nuestro jefe, camarada y amigo fue sepultado con todos los honores militares. Fuera de su patria y
lejos de los suyos había terminado prematuramente la vida de un hombre capaz de sacrificarlo todo por una causa. Fernando de Rosa no fue nunca un aventurero y
menos aún un mercenario o soldado de fortuna; era un idealista al que las circunstancias lanzaron de un país a otro, siempre buscando la verdad y luchando por lo que consideraba justo. Aunque tratase de ocultarlo a los demás, era un hombre sentimental y

humano detrás de una máscara de rigidez. Yo llegué
a apreciarlo de veras en aquellos meses de con-vivencia en el frente. En el Madrid de los primeros meses de guerra todavía podían reunirse grandes muchedumbres en los entierros de los caídos en los frentes.

 También había sido impresionante el de Torres, nuestro compañero de la FUE. Luego la lucha fue más dura, las víctimas más numerosas y la indiferencia fue extendiéndose. E1 contacto con la muerte se convirtió en algo habitual, en cosa de todos los días. De vez en cuando llegaba la noticia de algún amigo muerto en algún sector lejano. Así me enteré de la de Carlos Merino en el frente de Teruel y de muchos otros más.
La desaparición de Fernando de Rosa, fue el comienzo de grandes cambios en nuestra columna. A los pocos días marchó a Madrid el teniente coronel Rubio y ya no regresó. Era un hombre honrado y leal a la República. Unico oficial de carrera del batallón de Aviación, los demás eran sargentos recién ascendidos, su ejemplo fue decisivo para ayudarnos
Al comprender lo que era la disciplina y la organización. En un proceso contra oficiales compañeros suyos, había salido responsable por ellos y consiguió fueran puestos en libertad. Más tarde, algunas de las bandas organizadas en retaguardia comenzaron a asesinar a los liberados. Los que quedaban vivos fueron a comunicarle que se pasaban al ene-migo, porque no querían perder la vida de esa forma. Se le creó a nuestro jefe un problema de conciencia y con un pretexto consiguió un pasaporte para un viaje corto a Francia, del que ya no regresó. Nada más se supo de él.




Así recogió La Vanguardia la muerte de Fernando de Rosa:
Muerte del comandante Lenccini, en Peguerinos | En Peguerinos, cuando arengaba a sus soldados ayer tarde, fue muerto por un tiro enemigo el comandante del batallón «Octubres, Fernando de Rosa Lenccini, de nacionalidad italiana. , De Rosa pertenecía al Partido Socialista italiano y en 1919 con ocasión dé un viaje del príncipe de ftárnonte a Bruselas disparó su pistola contra el viajero, como protesta contra el régimen fascista implantado en su país. Fue condenado a siete años de presidio e indultado después de haber cumplido tres años y medio de condena. j Participó en el movimiento de octubre, sien- ¡ do condenado a 19 años de prisión.

La Vanguardia 18 Sept. 1936.








Semblante biográfico de Fernando de Rosa, la carta de su compatriota  Pietro Nenni Dirigente socialista italiano que participó en la Guerra Civil Española como comisario político de la Brigada Garibaldi.) leída en el Aniversario de su muerte  el 16 de Septiembre 1937: 


"Cuando el 5 de agosto llegué a Madrid para ponerme a la disposición del Partido Socialista español, oí por todas partes elogios de Femando. En el frente, con él en la Sierra, tuve la alegría de comprobar hasta qué punto era estimado.
cuenta de sus dotes de intuición militar.

Desgraciadamente, pocos días después, el 16 de septiembre, me tocó, junto con algunos camaradas italianos, recibir su cuerpo en el Hogar de la Juventud de Madrid. En la mañana, una bala le había dado en la frente, cuando a la cabeza de una compañía, volvía a tomar la posición de Cabeza Lijar, perdida durante la noche.

Cuando pienso en esa noche, cuando vuelvo a ver los lugares donde cayó Fernando, cuando evoco de nuevo sus solemnes funerales en Madrid, siento espanto ante la crueldad del destino. Más tarde, cada vez que he encontrado a sus camaradas en diversos frentes, siempre me he preguntado: "¿A dónde hubiese llegado Fernando?" Y tengo la certidumbre de que, como Modesto, Lister o Mera, sería hoy uno de los jefes del ejército popular español. Pero no pudo ser así. Fernando duerme su último sueño en el cementerio de Madrid, al lado de otros muchos heroicos combatientes, no lejos del mausoleo 
de Pablo Iglesias, el abuelo del socialismo español. "