jueves, 7 de mayo de 2015

Pequeña historia anecdótica del Puerto de Guadarrama. Constancio Bernaldo de Quirós.


                  De todos los puertos de montaña de la España áspera y quebrada,tengo para mí que el más popular es el de Guadarrama.¿Quién no ha cantado, o no ha oído cantar alguna vez, la famosa copla: «tengo que subir, subir, al Puerto de Guadarrama, para recoger la sal que mi morena derrama»? Pero nadie sabe quién fue esa morena, ni por qué iba y venía tanto por las alturas de la Sierra, ni, finalmente, por qué iba tan cara la sal que había que recolectarla con tanta fatiga. Seguro es que desde que la especie humana se multiplicó en la cuenca del Tajo y en la del Duero, el Puerto de Guadarrama ha estado en uso, como paso principal de una vertiente a otra en dirección N. O., así como el de Somosierra hacia el N. E.
         Reinando Felipe III, al comenzar el siglo XVII, se hizo el descubrimiento, cerca del Puerto, de un tesoro de monedas de oro de los césares romanos, que estudió cierto Dr. Iván de Quiñones, juez de los Bosques del Rey, en un curioso opúsculo reseñado por mí en la revista Peñalara, hacia 1915, si mal no recuerdo. Probablemente, era el tesoro de algún bandolero famoso, algo así como el tesoro del Cofresí, el pirata puertorriqueño de que aquí se habla tanto y que se busca en tantas playas y costas del Caribe. Pero desconocemos del todo el nombre que dieran los  romanos a este paso que hoy llamamos el Puerto de Guadarrama y que ellos debieron usar como un accesorio invernal de la Fuenfría, a través del cual trazaron la calzada de que aún quedan tantos restos. En cambio, sabemos que los árabes, ya en plena Edad Media, llamaron al Puerto de Guadarrama Bab-el-Comaltí, o, sencillamente, Balatome, como dice el privilegio del rey Alfonso X, «El Sabio», a los moradores de las antiguas alberguerías de la Sierra.

Cuando ya la Reconquista se ha establecido entre Duero y Tajo y la tierra se ha repoblado con segovianos en sus dos vertientes, se le llama «La Tablada». Así le hayamos nombrado en el Libro de Buen Amor, del Arcipreste de Hita, Juan Ruiz, escritor al mediar el siglo XIV. El poeta, perdido en el bosque de la Fuenfría, sin conseguir pasar el puerto, ha reaparecido en Riofrío, donde tiene el encuentro con Gadea; y, al cabo, haya la buena senda del actual Puerto de Guadarrama, que le encamina decididamente a su tierra de Hita. La senda antigua no coincidía exactamente con la vía actual; más desviada hacia Saliente, conserva aún, no obstante, restos de antiguas construcciones itinerarias, tales como la Casa o Venta del Cornejo (esto es, del cerezo silvestre) y la Ermita de Cepones, todavía marcadas en el mapa de la provincia de Segovia hecho por Coello para ilustrar el viejo Diccionario Geográfico de don Pascual Madoz, a mediados del siglo XIX. La Casa del Cornejo da motivo al poeta para un ligero devaneo erótico, a poco repetido en el encuentro con Menga Lloriente. Sigue después la monstruosa caricatura de serrana, especie de capricho de Goya, hecho con palabras; y la serie entera de las serranillas de Juan Ruiz acaba con la más fresca e ingenua de todas: aquella que tiene a Alda, o Aldara, como protagonista, y como escenario La Tablada, casi exactamente en el lugar en que asientan hoy la estación de San Juan de Tablada del ferrocarril, entre Cercedilla y San Rafael, y el Sanatorio Lago, hacia la boca del túnel del Puerto.

Otro lapso de tiempo, todavía más largo, y ahora llega don Luis de Góngora, el príncipe de la poesía castellana, con un soneto a  la pasada del Puerto de Guadarrama por el Conde de Lemos». El soneto empieza con la ampulosidad y énfasis habitual, con una imprecación en que los conceptos riñen entre sí: «montaña inaccesible, opuesta en vano al apartado trato de la gente…». Luego, su texto nos revela dos cosas interesantes para nosotros. Una, que el paso de la Sierra ya no se llama La Tablada, sino que ha tomado el nombre del pueblo más próximo de la vertiente meridional: Guadarrama, el «frío de la arena», literalmente traducido del árabe. Otra, que el camino del Puerto se ha convertido ya, en tiempos de Felipe III, en un camino más amplio que un camino de herradura, en un camino que consiente el tránsito rodado de los coches. El Puerto de Guadarrama, en los más viejos «repertorios» de los caminos españoles, el de Pedro de Villuga y el de Alonso de Meneses, hechos hacia la época que nos referimos, figuran en el «camino de los coches de Toledo a Valladolid», las dos grandes capitales de las Castillas entonces, mientras que el «camino de los caballos», desviándose más hacia el Oeste, traspasa decididamente la Sierra por el Puerto de las Pilas (como la línea férrea de hoy, de Madrid a Ávila), tocando antes la villa de Cebreros, y el otro puerto intermedio de Arrebatacapas, ceñido, en general, al desarrollo de la carretera de Toledo a Ávila.

Vamos a ver ahora un par de episodios que nos enseñarán lo que era el paso del Puerto por esta época. Estamos en el reinado de Felipe IV. La estrella del Conde Duque de Olivares se ha eclipsado. El poderoso valido había salvado la vida, más feliz que don Álvaro de Luna o que don Rodrigo Calderón; pero retirado a Toro, se consumía de tristeza de obediencia, ¡él, la «pasión del mando»!, como le califica Marañón, exactamente.

La mujer y la nuera del Conde Duque, se dispusieron a reunirse con él, marchando en coche desde su palacio de Madrid, a través del Puerto. Era el mes de noviembre: noviembre, que si en el calendario astronómico es todavía otoño, en el meteorológico corresponde al invierno, decididamente.
La pesada carroza arranca, pues, un día de noviembre bien de mañana, de la puerta principal del palacio del Conde Duque, hoy convertido en cuartel en la calle del propio Conde Duque. Las dos damas se abrigan bien apretadas en el interior. Fuera, en el pescante, van el cochero y un lacayo; atrás, en la trasera, otros dos servidores, a la intemperie. Cruzado el río por la famosa Puente segoviana, la carroza avanza por la antigua carretera de Castilla, al otro lado del muro de la Real Casa de Campo, bajo un clima cruel que amenaza nieve. La Sierra, invisible, a la derecha, más allá del grave encinar de El Pardo, está cubierta por un enorme nimbo de azul pizarra obscuro. Nuestra Señora de las Nieves, que mora en la más alta cumbre de los Montes Himalayas, supremos vértices del Mundo, sin duda tiene puestos los ojos en esta dirección, y su mirada desciende al Guadarrama en este instante en forma de una nevada espesa y continua, que va cubriendo de capas cada hora más espesas las rocas cimeras de gneises y granitos. El campo está desierto y silente. De cada minúscula casa perdida en el enorme despoblado, asciende al cielo por la chimenea una columna de humo revelador de un hogar en torno al cual se agolpa una familia aterida. Un relevo hacia Las Rozas. Luego, la recta del camino que avanza sin vacilar hacia el gran obstáculo. El paisaje comienza a
cambiar, emergiendo el granito sobre el suelo que se quiebra en un relieve cada vez más áspero. Torrelodones, el primer pueblo de la Sierra, con la vetusta torrecilla roquera que le dio nombre, arruinada sobre un pequeño cerro. Apenas la carroza ha entrado en el dominio de la Sierra, la nieve comienza a caer sobre ella y ya blanquea del todo, dando tumbos en las revueltas de la Cuesta de Peguerinos, ¡tan bella!, mientras la muerte blanca acecha a los indefensos sirvientes que van al exterior. Pero la muerte blanca es muy dulce; adormeciendo a sus víctimas en un sueño suave, las vence sin resistencia ni protesta, sin un grito,
una lágrima o una sacudida. Cuando la carroza llega al pueblo de Guadarrama, en la base del Puerto, y se detiene tambaleándose ante la posada del lugar, el nevazo aumenta más que nunca. ¡S´abierto el ceazo!, dicen los muchachos que se acercan, curiosos, aludiendo al mayor volumen de los copos, que parece dar la 
ilusión, en efecto, de que el tamiz que los cierne ha ensanchado la urdimbre de su tela. Las señoras descienden en busca del fuego. Pero de los servidores que ocupaban la trasera, uno está muerto, conservando en actitud vertical por la rigidez cadavérica. Y su compañero, próximo a seguirle, quiere seguir durmiendo y que le dejen soñando. El viaje a Toro queda truncado por el momento. Una hora después, el tiro renovado de nuevo, la carroza se dirige al inmediato Real Sitio de San Lorenzo de El Escorial; y como las dos damas ilustres de nuevo están transidas por el frío, allí sus acogedores las envuelven en sendas sábanas empapadas en vino generoso y las llevan al lecho que, según ciertos testigos, calentaron previamente los cuerpos de algunos sucios villanos para darse el gusto de afrentar, quienes dispusieron la operación, a la mujer y a la hija del poderoso don Gaspar de Guzmán, Conde Duque de Olivares, tan temido días antes.

El segundo suceso histórico a que queremos referirnos, ocurre casi cien años después, reinando Felipe V, y su agonista es el estrafalario personaje don Diego de Torres Villarroel, «Gran Piscator» español, famoso astrólogo de la Universidad de Salamanca, que tiene entre sus méritos mayores el de haber profetizado la Revolución Francesa cincuenta años antes, con sólo un año de error, en aquella famosa décima que dice: «Cuando las mil contarás con los trescientos doblados y cincuenta duplicados y los nueve dieces más, entonces tú lo verás, ¡mísera Francia! te espera tu calamidad postrera con tu Rey y tu Delfín, y tendrá entonces su fin tu mayor dicha primera». Estamos, pues, en el año 1735, cuando don Diego de Torres Villarroel decide ir desde Madrid a Ávila. Seguido de su criado, a caballo también, el gran don Diego cabalga por el viejo camino de las Castillas. La noche cayó sobre ellos en la subida del Puerto, y, sin sentirlo, saliéronse del camino, internándose en el monte por una senda engañosa que debía ser un arrastradero de pinos. Perdidos a poco en el pinar, al fin vinieron a caer, por su desgracia, al fondo de unos cepos loberos que algún honrado vecino de Guadarrama, de San Lorenzo, de El Escorial o Peguerinos, se había tomado la molestia de disponer en defensa de su ganado. Uno de los caballos quedó muerto, otro se patiquebró o poco menos, y don Diego y su criado pasaron toda la larga y fría noche otoñal en el fondo del cepo, temerosos de que el lobo cayera también a deshora sobre ellos, el lobo feroz del Guadarrama, canis lupus signatus, por las rayas obscuras que lleva sobre el hocico: canis lupus signatus, más feroz que el de Gubbio, porque a su raza nunca la evangelizó San Francisco de Asís, el Cristo de la Edad Media. Cuando, a la madrugada, el honrado vecino llegó a reconocer sus cepos, halló en ellos aquella caza extraordinaria, a la que dispensó los primeros socorros. Abandonado el caballo muerto a los buitres y llevando de la brida al lesionado, Torres Villarroel y su criado, desfallecidos, precedidos del honrado vecino, se dirigieron a la casa forestal más próxima, que debía ser la que hoy se llama «del Cura», arruinada entre Pinares Llanos y Cuelgamuros, inmediata al Pino de las Tres Cruces, donde se juntan, y de aquí las tres cruces, los términos de Guadarrama, San Lorenzo de El Escorial y Peguerinos. El guardabosques, que se llamaba «El Calabrés», probablemente por su procedencia, atendió a ambos desgraciados con cristiana caridad, satisfaciendo todas sus necesidades. Por lo que afecta a la alimentación, don Diego nos cuenta en su Vida, donde ha relatado el episodio, que apenas llegados a la casa del guardabosques, éste les ofreció sendos vasos de leche, de oveja probablemente, aunque él no lo dice, y luego, a medio día, sirvióles de comer un gran plato de nabos con abundante pan de centeno. Este pasaje nos revela el régimen alimenticio de la Sierra antes de la llegada de la patata, que todavía había de retrasarse cerca de tres cuartos de siglo. Amo y criado se reponen en tanto de sus fatigas y reanudan su camino hacia Ávila. Seguro es que han pasado por Peguerinos primero, recién fundado, y luego por Las Navas del Marqués,  donde hicieron noche; y seguro asimismo que en Peguerinos y en Las Navas del Marqués, han cruzado la palabra o la mirada, cuando menos, con hombres y mujeres de quienes yo directamente procedo por línea de padre.
La aventura de Torres Villarroel nos demuestra que el estado del camino real de Castilla, en los días de Felipe V, era bastante deficiente, pues permitía salirse del central con facilidad. Lo remedió su sucesor, Fernando VI, con la construcción de la magnífica carretera que, partiendo de la capital de la Monarquía, llega hasta La Coruña, deteniéndose ante el mar en una diagonal de cerca de ochocientos kilómetros. Fue éste, en sus días, el camino real más espléndido de Europa y del mundo entero; y en el alto del Puerto de Guadarrama, por donde trepa la vía, un león tallado en piedra berroqueña sobre un alto pedestal, y sosteniendo bajos sus poderosas zarpas delanteras los Dos Mundos, conmemora el triunfo del Rey sobre los Montes, según declara, en latín, la pomposa inscripción de la lápida que hay por debajo. Desde entonces, el Puerto ha añadido un nombre más, el de Puerto del León, a la serie de todos los que ha venido teniendo.

También Carlos III, el gran rey constructor de ciudades y caminos, añadió a la obra de su hermano un detalle de interés en esta parte de la carretera: un parador o albergue, en la vertiente septentrional del
Puerto, algo que seis o siete siglos antes se hubiera llamado, en León o en Castilla la Vieja, «Alberguería», o en Castilla la Nueva, «Los Palacios», y que entonces, en el nuevo vocabulario de las instituciones itinerarias tomó, sencillamente, el nombre de «fonda»: la «Fonda de San Rafael», patrón de los viajeros. Esta fonda, que todavía se conserva íntegra, fue el núcleo de una pequeña agrupación humana, de una aldea, formada por vecinos del Espinar, de Peguerinos, de San Lorenzo del Escorial, de Guadarrama y hasta de Cercedilla, que, con sus parejas de bueyes de labor, se dedicaron a la industria de encuarteros para favorecer la subida del Puerto a las diligencias, carros y carretas procedentes de las Castillas.
Recuerdos de bandolerismo son inevitables siempre en las proximidades de los grandes caminos y, efectivamente, aquí, dominando la aldea de la Fonda de San Rafael, tenemos uno: Peñón de Juan Plaza, en el macizo de Cueva Valiente. Tan sólo el nombre queda de este salteador a quien nos imaginamos en el alto del risco acechando las ocasiones favorables. Casi seguro es que la partida de Juan Plaza haya pernoctado muchas veces en el interior de la pequeña espelunca abierta en el granito de la montaña, mal llamada «Risco de Pruebas Valientes» en el mapa de la provincia de Segovia de Coello, pues es Cueva Valiente el suyo propio, que alude a esta alta oquedad de la roca, desde cuyo interior, abierto al N. O., se adivina la villa del Espinar envuelta en la cálida y olorosa atmósfera de resina de pino que desprenden sus hogares.
Llegamos ahora al reinado de Carlos IV, en la linde de los siglos xviii y xix. «1793», la fecha trágica de la Revolución Francesa, aparece, tallada a cincel, en el dintel de una casa en el último gran empujón de la subida del Puerto, por su vertiente meridional, pasada la estación de ferrocarril de San Juan de Tablada. La casita, hoy destinada a los peones camineros, fue, en sus buenos tiempos, un refugio de cazadores, un albergue cinegético cuando el monarca paseaba sus aficiones de Nemrod por los bosques reales de Cuelgamuros, de Riofrío y de Valsaín, y conserva una magnífica cocina de hogar central en torno de la cual, en los cuatro lados de los muros, corren altas tarimas de madera de pino, en plano ligeramente inclinado y con una ligera moldura de reborde a los pies, para servir de lecho a los monteros. La cocina de la casa cinegética del Puerto de Guadarrama es, sin duda, la más hermosa y original de todo el territorio del Real de Manzanares, superando a la de la antigua Posada de la Cereda, en el Collado del mismo nombre, entre el Escorial y Las Navas del Marqués, por donde iba el camino viejo «de cureñas», construido, igual que la posada, para la fábrica del Real Monasterio  de San Lorenzo. Asomándonos a ella, nos imaginamos escenas de bienestar y buen humor ante las llamas y la olorosa carne de las reses de monte, mientras afuera reina un clima glacial en la negra noche que tiende su paisaje de estrellas resplandecientes sobre los altos picos nevados.
Quince años después de la fecha inscrita en el dintel de la mansión de cazadores, el que vemos ascender trabajosamente  por la vertiente sur del Puerto, es el personaje histórico de mayor fama bélica que le ha pisado.
El 24 de diciembre de 1808, Napoleón, a pie, del brazo del general Savary, cruzaba el Puerto de Guadarrama en una retirada hacia el Norte, desde Chamartín, que le costó grandes pérdidas de personal y material, pues el clima, aliado esta vez con la raza, supo defender al país con todos los rigores de un crudo temporal de nieves. La Nochebuena de aquel año, bien mala por cierto, la pasó el Emperador en la Posada de Villacastín, muy dentro ya de la provincia de Segovia. Probablemente, entre el Estado Mayor de Bonaparte marchaba el general Bory de Saint Vincent, autor de la primera guía moderna del viajero en España, presagio del Bédeker, aunque sólo desde el punto de vista fisiográfico, y creador, así mismo, de la nomenclatura de las cordilleras españolas que todavía aprende la niñez de hoy, cuando menos la rural y hasta la provinciana.
Él, el general Bory de Saint Vincent, que nació en Agen, en la Guiena, fue quien lanzó a la circulación el nombre de «Cárpeto-Vetónica» para la Cordillera Central divisoria de las Castillas y, por tanto, de las cuencas hidrográficas del Duero y del Tajo, obteniendo pleno éxito en su iniciativa. Sin duda aquel día 24 de diciembre de 1808, el general Bory de Saint Vincent paseó su mirada llena de inteligente curiosidad, por el medroso paisaje, cubriendo de notas de observación personal algún pequeño cuaderno.
Imposible sería relacionar la sucesión de los ilustres viajeros que cruzaron la montaña, como sería imposible contar el paso de los ganados de La Mesta, las ovejas sobre todo, que dos veces al año, desde tiempo inmemorial, envueltos los rebaños en su peculiar atmósfera de polvo, como el del episodio de El Quijote, van y vienen por las dos vías pecuarias que atraviesan el Puerto: la principal, por el mismo Puerto, y la accesoria que, desviándose de ésta en la Cañada de Gudillos, prosigue después por Pinares Llanos, y pasa a la Cordillera por el Puerto de San Juan de Malagón, entre Peguerinos y El Escorial, volviendo a reunirse con la cañada maestra más allá del Puente del Tercio, en las proximidades de Galapagar.
Pero aunque los viajeros ilustres sean imposibles de contar, como las estrellas, las arenas, o las flores, ¿cómo olvidar a Teófilo Gautier, el «divino Teo», que fecha en el Puerto mismo no menos de tres de sus composiciones de la serie Espagne de sus Esmaltes y Camafeos? Estas tres piezas son dos: Los ojos azules de la montaña, inspirada por la Laguna de Peñalara, y que tradujo al castellano nuestro querido amigo, el malogrado Enrique de la Vega; La florecita rosa, que alude al Crocus carpetanus, el falso azafrán, el «quita meriendas», la flor típica del Guadarrama; y sobre todo, la que expresamejor la sensación y el paisaje del Puerto, con la perspectiva lejana, a la vez, de Madrid y de El Escorial, comenzando así: «De haut de la montagne, prés de Guadarrama, on découvre l´Espagne conmme un panorama…».                                                                                                                                                       Nuestra pequeña historia va a cerrarse con el episodio de las líneas férreas, en los comienzos de la segunda mitad del reinado de Isabel II. Se está planeando la línea férrea del Norte y las dos provincias de Ávila y Segovia se la disputan, con largos y prolijos razonamientos topográficos, económicos, históricos. Por fin, Ávila vence, esgrimiendo el argumento de la excesiva altitud del Puerto de Guadarrama, más de 1,500 metros sobre el mar, frente a la del Puerto de Las Pilas del trazado de Ávila, que pasa ligeramente sólo de 1,300. En el alegato de la diputación de Ávila se insiste, sobre todo, aprovechándole con mucha habilidad,
en el suceso del paso del Puerto de Guadarrama por Napoleón el 24 de diciembre de 1808. El Emperador, que ha pasado fácilmente los Alpes, unas veces a caballo, otras en mulo, según lo representan los cuadros del Barón Gros y de Belarroche, en cambio, el Guadarrama ha tenido que pasarle a pie, del brazo de sus ayudantes. Luego, cuando, ya tendida la línea de Segovia veinte o veinticinco años después, pudieron hacerse comparaciones, pudo comprobarse que en los grandes temporales de nieve, la circulación ferroviaria se suspende antes en la línea de Ávila que en la de Segovia, como que en esta última el paso del Puerto se efectúa bajo un largo túnel y a una altitud menor que la de Ávila,  por el túnel de Las Pilas, que es, en toda Europa, con la sola excepción del Brenner entre Italia y Austria, el paso más alto de los ferrocarriles de tracción general. Las líneas férreas, primero, el automóvil, después, acaban con el aislamiento y la originalidad de la Sierra, conservados hasta entonces a diez o doce leguas de Madrid, prodigiosamente.
Todavía la víspera del día que la poderosa respiración de la primera locomotora despertó los ecos del Cerro de Los Abantos, o de las dos Machotas, en el circo de El Escorial, si el buen Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, hubiera resucitado y, sintiendo sus ansias vagabundas, se hubiera lanzado de nuevo a repetir sus itinerarios de los puertos, seguramente lo hubiera hallado todo, o casi todo, tal como él lo dejó, desde el punto de vista de la geografía humana. La Cartuja de Santa María del Paular, en Valdelozoya, y el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, sin duda le causarían gran admiración. Pero su mayor extrañeza hubiera sido (repercusiones del Nuevo Mundo, inimaginables para él) la patata y el tabaco: los huertos de las vegas de ríos y arroyos con aquel cultivo exótico, vencedor de los nabos de antaño, y el cigarro humeante en los labios de los hombres, casi sin caerse de ellos jamás, procurándoles un placer que él y su antecesor Gonzalo de Berceo, sólo habían reconocido al bon vino.

La Nación, 9 y 15 de diciembre de 1944. República Dominicana